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Del 15 al 17 de noviembre (Hospital Clínico Universitario Virgen de la Victoria)

Proyecto Formativo “DM2 y ECV a propósito de un Caso Clínico”

En un comentario previo abordábamos la decepción que, por ahora, supone la falta de resultados en un campo que prometía tanto como el de la regeneración miocárdica empleando células madre. Pero quizá faltan vías por explorar; vías que requerirán mucha investigación básica y hacia las que apuntan dos animales peculiares, ambos procedentes de México. El ajolote es un raro animal, una especie de anfibio caudado que habita en los sistemas lacustres de México. Su nombre parece que deriva de atl, agua, y xolotl, monstruo, resultando en monstruo acuático, posiblemente debido a su no agraciado aspecto; también se relaciona con el dios Xolotl, de la cultura azteca. Pero la característica más llamativa del ajolote es su capacidad de regeneración de tejidos e incluso de estructuras neurológicas complejas. 

Lo hace, pues, muy atractivo, para el estudio de la regeneración tisular, miocárdica o no. Pues bien, hace apenas tres años se descifró el genoma de este extraordinario animal, que resultó ser ¡diez veces mayor que el del ser humano! 30 000 millones de pares de bases, frente a los apenas 3000 de cualquiera de nosotros ¿Será esa exuberancia genética la clave de la capacidad prodigiosa de regeneración del ajolote? Es un interesante punto de partida para la investigación básica, pero, sin duda, excesivamente inespecífico.

Datos más concretos nos ofrece otro interesante animal, también mexicano: el Astianax Mexicanus. Es este un pez, también mexicano, del cual existen dos especies distintas: el que vive en la superficie, y el que lo hace en las profundidades del sistema de cuevas lacustres del país. Ambas especies se diferencian en una serie de características, entre ellas que los que habitan en las profundidades son ciegos, pues no necesitan la visión allá donde solo reina la oscuridad. Pero tienen otro aspecto diferencial aún más interesante: mientras que los peces de superficie son capaces, al igual que otros similares como el pez cebra, de regenerar parte del miocardio cuando se les amputa, los peces abisales carecen de esa capacidad. Lo que hace esta diferencia fascinante es la escasa variación genética entre ambas especies, que traslada la investigación a un terreno mucho más delimitado.

No parece que estas vías de desarrollo vayan a aportarnos resultados aplicables en clínica a corto plazo, pero no cabe duda de que son un rayo de esperanza en un campo, el de la regeneración miocárdica, que aún no está muerto.

Eduardo de Teresa es Catedrático Emérito de Cardiología, Universidad de Málaga. Director de la Cátedra de Terapias Avanzadas en Terapia Cardiovascular de la Universidad de Málaga.

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